“Las cosas son como son…”

Cuando cruzas la puerta de casa nunca sabes lo que ese día te va a ofrecer por sorpresa. Por mucho que parezca que vas a estar inmerso en la rutina, siempre se produce algún destello inesperado. A veces de manera más evidente (o incluso chocante); otras, de una forma más sutil o inadvertida. Además, resulte como resulte el balance del día, tampoco podremos cambiarlo: como mucho, recordar lo vivido y ver qué podemos cambiar, para hacerlo y sentirnos mejor a la siguiente jornada.

Lo que sí tengo muy claro es que, cuando salgo a una nueva visita que me proponen desde Plena Inclusión Madrid, tampoco sé lo qué me voy a encontrar… y que siempre volveré conmovido. Antes de ir, trato de informarme todo lo que puedo: tanto sobre la entidad a la que me acerco y la actividad concreta que me proponen, como sobre las personas que me recibirán. Aunque luego pregunte -de nuevo- esa misma información para re-ajustarla, es un paso necesario y lógico. También por respeto. De todas formas, cualquier trabajo previo de documentación siempre resultará insuficiente frente a la realidad posterior. Todos los encuentros personales desbordan incluso los pequeños (o grandes) pre-juicios con los que uno puede ir.

Por eso quiero confesar algo: fui al taller de risoterapia que, muy amablemente, me propusieron desde AMIFP (¡mil gracias a Dunia y José María!) con ciertas reservas. Siempre había asociado los talleres de risoterapia -pese a mi filización vital al humor- como algo forzado a la naturalidad. ¿Cómo puede uno reírse de manera “convocada”? ¿Quién se ríe en grupo sin la imprescindible confianza, la relajación e intimidad de conocer a las demás personas y así poder expresarse espontáneamente en común? Quizás me chocaba porque entendía el humor, la risa, la alegría como algo íntimo que sólo se produce de manera espontánea si estás en confianza con los que te rodean en el momento. Pero según iba planteándome todas estas preguntas me iba dando cuenta de que la verdadera respuesta no dependía de lo que yo creyera a priori (por suerte), sino de las circunstancias concretas del taller y, sobre todo, de las personas que acudieran a él.

Así que fui con la expectativa de superar mis injustificables reservas y dejar sorprenderme. ¡Vaya si lo hicieron!. Dora, Rafael, Pilar, Irene, Lucía, María, Celia, Rocío, Elena, Beatriz, Mariola, Pepa…. espero no dejarme a nadie: sólo puedo decir que salí de vuestro taller (con ocho años de recorrido ya, junto a la Asociación donantes de risas) con agujetas en la cara.  Durante todo el tiempo que duro el taller tuve una sonrisa sincera e incontenible, contagiada por el ambiente de alegría, humor, des-prejuicio y familiaridad que compartisteis conmigo. Un millón de gracias también.

Ahora lo sé (“un pequeño paso para la Humanidad, pero un gran paso para un hombre”), con la risa sucede como con las demás facetas humanas: lo fundamental es “vivenciarlas” sin prejuicios. De verdad, el taller fue un rato muy liberador, como un balón de oxígeno. Ya me lo aclaró Rocío después: “para mí es dejarlo todo fuera. Una vez que se cierra la puerta y me quito los zapatos para empezar, me olvido de lo que dejo fuera. Aquí soy otra persona distinta durante un par de horas”.  Por mi parte, lo confieso también: aunque no me quite los zapatos (quizás por mantenerme en mi papel de observador o como secuela de ese prejuicio confesado), sí me puse en los suyos y en los de todos los demás.

Lo apuntaba al principio, todas las personas que me encuentro en estas salidas, con sus (siempre) difíciles historias personales, transmiten esa otra constante que he ido detectando en esta Campaña: cada historia puede resultar un espejo, incluido -claro-para mí mismo. Nos ofrece la posibilidad de superar la individualidad para compartir y aprender de/con las experiencias de los demás, inmersos en una verdadera igualdad.

No podremos cambiar la realidad (ni mucho menos de golpe, como sería necesario en muchos ámbitos), pero podemos cambiar la forma de verla y afrontarla, en nosotros y en los demás. Paso a paso, o risa a risa.

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